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lunes, 17 de febrero de 2014

Llenar el país de Democracia

Siempre es interesante leer a las cabezas bien amuebladas de la derecha española. Desgraciadamente o no hay muchas o no dejan traslucir su lucidez. Entre los fondos que mueve FAES, los sobres que repartieron también en medios de comunicación Bárcenas, Matas, etc. y la efectividad con la que el PP ha hecho desaparecer a quien le resultara mínimamente incómodo en la derecha, los incentivos para tener pensamiento propio en aquellos lares son escasos. Uno de los pocos que está demostrando más lealtad a sus ideas conservadoras es José Antonio Zarzalejos, a quien lógicamente se quitaron de en medio cuando ABC decidió, bajo su dirección, no seguir la locura conspiranoica sobre el 11M que patrocinaba el PP. Zarzalejos ha sido de los pocos monárquicos que se han atrevido a diagnosticar la debilidad real de la monarquía española y a recetar, para su supervivencia, la abdicación urgente del rey: es la crítica del leal, de quien no adula para disfrazarse de leal sino que aconseja para la supervivencia a riesgo de ser tachado de traidor. En su último artículo, Zarzalejos llama la atención sobre un peligro real que amenaza a las élites políticas y económicas del régimen de la Transición. Se declara alarmado porque, con un nuevo lenguaje, “las generaciones de entre 30 y 40 años, impactadas por la crisis y la insinceridad del sistema, pretenden derrocar abiertamente los liderazgos vigentes y trabar la unión de las izquierdas sobre propuestas radicales. (…) Me permito suponer que, dadas las condiciones sociales que ha propiciado una crisis de la que no hemos salido aún, los pronunciamientos de Iglesias y de Garzón les parecerían razonables a jóvenes, no ya en Lavapiés, sino en el barrio de Salamanca.” Se refiere Zarzalejos a este diálogo que mantuvieron Alberto Garzón y Pablo Iglesias en la Sala Mirador titulado ¿Qué es una democracia real? No es un asunto nuevo en la agenda civil aunque siga ausente en los debates de los grandes medios. Los carteles que convocaron las manifestaciones del 15 de mayo de 2011 reivindicaban una democracia real ya y sobre eso versaron buena parte de los debates y propuestas en sus asambleas iniciales. Desde el oficialismo se quiso integrar la cuestión democrática haciendo como que se apelaba a reformas formales para corregir errores más o menos secundarios del régimen: listas abiertas, exceso de coches oficiales… lo más radical era cuestionar la ley electoral. Los más ciegos (quienes menos querían ver) decían que tal reivindicación de la democracia era un ejercicio de antipolítica más o menos afascistada, que la crítica al régimen político era una forma de convalidar el sistema económico y otras zarandajas sin mayor conexión con el mundo real. Lo que realmente se ha ido larvando al menos desde aquel 15M es profunda repolitización mediante una crítica al secuestro de la política (del país, del pueblo, de la ciudadanía) por los culpables de la crisis, una denuncia de la convergencia de saqueadores, élites económicas y políticas, que en íntima alianza arrasaron el país. La reivindicación democrática es la protesta de un pueblo que quiere arrebatarle el poder a esas élites ilegítimas y que toma conciencia de que o el poder lo tiene el pueblo o la palabra democracia está prostituida. La lucidez del artículo de Zarzalejos radica en identificar que esos significantes renovados permiten recuperar para el frente político significados clásicos de emancipación (“un maniqueísmo de demócratas y anti demócratas que lo serían en función de criterios que se pueden localizar con facilidad en el Manifiesto Comunista” se sorprende Zarzalejos) y que están consiguiendo movilizar a miles de personas que quizás ahora estén algo menos en las calles, pero también se encuentran más en asambleas, encuentros, diálogos… que cuestionan el sentido común vigente y construyen uno nuevo. Cuánto escandalizó a esa élite que Ada Colau llamase criminal al portavoz de los desahuciadores y con qué normalidad se recibió ese adjetivo entre la gente común. Ese es el resultado del cambio en el pensamiento hegemónico. No sólo está dejando de ser hegemónico el relato religioso de la Transición, según el cual el régimen político del 78 es el único modelo de democracia realmente posible. Se está cuestionando que lo que tengamos sea una democracia y ese cambio en el sentido común popular es de vital importancia. El sentido común, nos enseñó Gramsci, define quién va ganando la partida: que esté calando como lo está haciendo que lo que tenemos no sólo no es la mejor versión posible de algo tan hermoso como la Democracia sino que para tener Democracia tendremos que construir algo incompatible con el modelo económico y político actual es un cambio de radical importancia y a ello tenemos que poner lo mejor de nuestras energías: es de una importancia muy superior a un resultado electoral concreto, pero además se traducirá, sin duda, en cambios también electorales. La rueda sigue girando más allá de ese debate que tanto ha castigado a nuestro sensato conservador. Hace unos días Izquierda Unida lanzó una campaña para el debate y la participación popular, llamada Revolución democrática y social, que llevaba unos meses preparando. El primer acto de la citada campaña, en León, evidenció lo que tanto teme Zarzalejos: que efectivamente hay miles de personas que quieren construir otro modelo de democracia porque esto que tenemos no les merece tal nombre. Estos actos se extenderán por todo el país, debatiremos entre propios y extraños cómo es el país que nos imaginamos, con qué garantías políticas y sociales para que merezca llamarse democracia. No hay forma más eficaz de cambiar el pensamiento hegemónico que un pueblo construyendo pensamiento colectivamente y eso pretende la Revolución democrática y social que recorrerá el país para cambiarlo. Más allá de los ciclos electorales, la construcción de un nuevo sentido común político y social es la clave de una transformación sólida del país. Desde hace al menos un siglo no hay legitimidad política que no descanse en proclamarse democrática: así lo denunció en los años 20 Carl Schmidt reivindicando (con justicia) para el fascismo el monopolio de las propuestas políticas que no se proclaman democráticas: con el tiempo hasta las formas nuevas de fascismo se dicen democráticas. El capitalismo tuvo más éxito que ningún otro sistema político y económico en apropiarse la democracia. Nos contaron que la democracia sólo es posible en sistemas capitalistas y que el capitalismo conduce a la democracia de forma natural. Por primera vez en mucho tiempo en nuestro país está generalizándose el criterio inverso: que el capitalismo y la democracia son antitéticos, radicalmente incompatibles, que si hay capitalismo no manda el pueblo. Este proceso lanzado por IU con Alberto Garzón al frente es fundamental para dar la vuelta al país, para construir un nuevo sentido común, para darle la razón a Zarzalejos en su miedo: que consigamos extender “un discurso que podría vertebrar argumentalmente la crisis social provocada por la creciente desigualdad que padece la sociedad española”: esto es, que demos a la sociedad española un discurso con el que salir de la crisis no dejándonos gobernar por poderes ilegítimos, que construyamos Democracia.

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